Es
bien cierto que las sociedades de libre mercado han desarrollado un
impresionante sistema económico de producción, cuya misión parece ser
la de dar (supuestamente) un bienestar en servicios y crear una sociedad
opulenta en la que se genere el mayor consumo posible.
Por
otro lado, la excesiva competitividad (que personalmente considero mal
entendida) ha generado una tecnología sofisticada que ha suplido parte de
la mano de obra humana, con lo cual estas sociedades han generado un
capitalismo salvaje cuyas contradicciones, problema e incongruencias,
lejos de asfixiarle, engendran más capitalismo salvaje.
Lo
que no han logrado todavía estas sociedades (ni creo que lo logren nunca)
ha sido garantizar a sus ciudadanos una cierta calidad de vida. Pues es
comprobado y sabido que en dichas sociedades existe un número de personas
(a veces grandísimo) que sufren las consecuencias sociales de vivir en
unas sociedades donde “todo es posible pero nada está garantizado”.
Estas
sociedades se jactan, vanaglorian y presumen de una fama (justamente
inmerecida) de ser sociedades democráticas, cuando la auténtica y
verdadera democracia está por los suelos; de ser sociedades “libres”
(cuando en realidad la libertad es una utopía, ya que la libertad ni
existió, ni existe ni existirá nunca, ni en democracia ni en dictadura);
de ser sociedades “igualitarias” (cuando la igualdad es otra utopía).
Los representantes gubernamentales o de partidos políticos de semejantes
sociedades afirman que representan los derechos humanos, pero la realidad
es que se violan impunemente, directa o indirectamente los más
elementales derechos de todo ser humano. Ejemplo: el derecho al trabajo,
base de la libertad individual.
La
política de bienestar social no se ve ni por el forro. Disminuidos físicos
y enfermos se ven obligados a “mendigar”, si quieren o pretenden
sobrevivir (malviviendo, naturalmente) y porque el gobierno y sus
instituciones no le atienden en sus necesidades básicas (sociales, económicas
y laborales) adecuada y acertadamente. En este tema seguimos,
desgraciadamente, a finales del siglo XX, anclados en el darwinismo
social.
Los
países hasta hace poco tiempo que se les suponía socialistas o
comunistas (como prefieran) cambiaron su antiguo sistema económico-político-social
por el capitalismo. Creyeron (no todos) que, cambiando socialismos (real)
por capitalismo, el milagro estaba hecho y consideraron que dicho sistema
sería su salvación humana. Muchos ciudadanos se han dado rápidamente
cuenta de que en el capitalismo tampoco existe auténtica libertad. Lo que
ocurre es que les han vendido un capitalismo de escaparate y del american
way of life (modo de vida americano).
Naturalmente
que los problemas de cualquier sistema social y de no importa qué
sociedad, no residen intrínsicamente en el sistema en sí, sino más bien
en los representantes gubernamentales encargados de llevarlo a la práctica
(y no simple teoría). Por eso, yo afirmo que, con frecuencia, la base de
la injusticia social tiene sus raíces en la propia injusticia
gubernamental.
Si
somos buenos y objetivos observadores, nos daremos cuenta en seguida que
en las sociedades ex comunistas o socialistas han aparecido automáticamente
todos los fenómenos negativos del capitalismo, pero sobre todo dos típico
en este sistema: el paro crónico y la inflacción. Como consecuencia
directa ha aumentado la marginación social.
En
concreto, por ejemplo, si nos referimos a nuestro país (y no quiero
referirme a otro porque todos estamos pringados de parecida mierda hipócrita)
observamos que en nuestra sociedad se dan los siguientes fenómenos
negativos y, por consiguiente su acumulación y sus nefastas
consecuencias: injusticias sociales, inflacción, explotación inhumana e
irracional del hombre por su semejante, subsueldo y subconsumo de los
trbajadores, regateo en obras sociales, privatizaciones sin ton ni son,
recortes en presupuestos sociales, despidos masivos, huelgas,
manifestaciones, incumplimiento de promesas y programas electorales,
desigualdades sociales, paro, hambre, marginación social,... ¿Esto es
democracia?.
Es
triste que todo esto suceda en un país que lleva poco tiempo de
singladura democrática. Y que en este período se haya extendido con
pasmosa rapidez un capitalismo salvaje (motivado por la inoperancia del
gobierno en materia de protección social) que ha arruinado las libertades
individuales de quienes no pueden competir en igualdad de condiciones a
otro tipo de ciudadanos.
Es
curioso, así mismo, comprobar cómo a medida que la ¿democracia? Avanza
(o retrocede, no tengo muy claro lo que realmente sucede), se observa una
creciente intolerancia de las instituciones gubernamentales hacia las
libertades individuales y las reivindicaciones sociales de los marginados
que constituyen el tapiz demográfico del país.
En
cualquier caso, ya no es sólo la sociedad injusta e insolidaria la que
genera esta marginación social, sino también el opresivo Estado. Por
eso, en este mismo sentido, recuerdo una cita de Johan Kasper Schmidt, más
conocido por el pseudónimo de Max Stirner (1806-1856), filósofo alemán:
“EL ESTADO LLAMA LEY A SU PROPIA INJUSTICIA Y DELITO A LA DEL
INDIVIDUO”.

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